jueves, 2 de octubre de 2008

Retratos: Eternizar la escencia de una persona en trazos y pinceladas.

Para los pueblos prehistóricos, tanto como para los reductos alejados de la civilización es un hecho evidente la carencia total de habilidades de comprensión de representaciones bidimensionales o planas. Es entendible si nos planteamos que nuestra vida entera se mueve y casi depende de la interpretación de espacios y cuerpos tridimensionales, que por acuerdo social se llegó a representar en planos que mostraban "una realidad que no es, para que se viera como es". Sin ir más lejos, en uno de los pueblos aborígenes de Australia se realizó un experimento para tratar generar en estos individuos la capacidad de interpretación de estos códigos. El experimento fue un éxito visto desde el prisma de la efectividad, pero fue desastroso en cuanto a las consecuencias sobre miembros de la tribu, éstos consideraban casi un crimen el hecho de fotografiar o retratar a un miembro de su clan, pues pensaban que al hacerlo se estaba robando el alma de la persona retratada. ¿Y Acaso no estaban en lo correcto? Esa realmente es la función o debería ser la función de la fotografía, pintura y cualquier disciplina que intente plasmar en forma gráfica a una persona, pues es necesario que se puedan identificar en la obra realizada no tan solo las similitudes físicas en cuestión, sino también rasgos y detalles tan profundos como el carácter y el espíritu reinante en la persona; lo que bajo ningún punto significa despojar al individuo de su alma. El retrato artístico en ese sentido va un paso más adelante que la fotografía, pues logra captar en los minutos de observación del individuo a retratar esos ciertos aspectos que en el efímero microsegundo del click del obturador no se pueden observar.

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